Los monumentos megalíticos son sus huellas más antiguas, pero no las únicas. Los pastizales mantenidos por generaciones de personas dedicadas a la ganadería, las Marcas de Sorogain y Urepel, los collados y los caminos hacia Urepel muestran una continuidad sorprendente en el uso de la montaña, con siglos e incluso milenios de usos compartidos y sostenidos.
La población campesina y ganadera ha mantenido tradicionalmente una mirada a largo plazo, pensando que el fruto de su trabajo ha de servir también a las generaciones venideras. El recorrido sale del CIS, asciende por Sorogain hacia Aztakarri, pasa por Pilotasoro y regresa por Beraskoain. La lectura no consiste únicamente en localizar piedras: propone entender por qué ciertos lugares fueron elegidos, recorridos y reutilizados durante generaciones. Vas a recorrer pastos, collados y pasos de montaña frecuentados desde hace milenios. Desde el Neolítico, la ganadería ha sido una de las actividades que más ha contribuido a modelar este paisaje. En las décadas de 1970 y 1980, la modernización transformó con rapidez muchos usos y costumbres.
Distancia total
9 km
Duración
≈ 3h 30′ / ≈ 4h (con paradas)
Desnivel
256 m
Dificultad
Media
Antes de salir al territorio, entra en el Centro de Interpretación de Sorogain. El CIS fue concebido como puerta de entrada al paraje de Sorogain y punto de partida de sus itinerarios temáticos.
Su recorrido presenta tres claves para leer Sorogain —Naturaleza, Huella Humana y Territorio Frontera— y las conecta con contenidos digitales accesibles desde la web. El funcionamiento automatizado permite una visita autoguiada y facilita que la experiencia continúe después en el exterior.
El Centro forma parte de las actuaciones del Plan de Sostenibilidad Turística en Destino del Pirineo navarro, financiado con fondos NextGenerationEU.
Junto al CIS, el Albergue de Sorogain ofrece alojamiento y servicio de bar-restaurante. Antes de caminar, descarga el track: la cobertura móvil puede ser irregular en algunos puntos de Sorogain.
Lleva ropa y calzado adecuados para senderismo, y consulta la previsión meteorológica antes de salir. Respeta las propiedades privadas y el ganado, mantén atado a tu perro y deja siempre los cierres ganaderos como los has encontrado. En caso de emergencia, llama al 112.
En esta ruta buscamos las huellas más antiguas del paisaje y su relación con los pastos, los collados y los caminos que siguen organizando la montaña.
Los grandes espacios abiertos de Sorogain no son simplemente el resultado del clima o de la altitud. El pastoreo ha contribuido durante generaciones a mantener el bosque a raya y conservar los pastizales de montaña.
Entre las razas ganaderas más ligadas al territorio están el caballo Burguete, la vaca pirenaica y la oveja latxa. Las Marcas de Sorogain y Urepel son dos de las expresiones más visibles de esa cultura ganadera. En determinados momentos del año reúnen al ganado y a quienes se dedican a la ganadería de Erroibar/Valle de Erro y del Valle de Baigorri, y representan una larga tradición de aprovechamiento compartido de los pastos.
La imagen resulta especialmente poderosa: el mismo paisaje donde aparecen monumentos prehistóricos continúa siendo recorrido y mantenido por rebaños miles de años después, haciendo visible una larga continuidad de la cultura ganadera.
Desde los altos de Aztakarri se entiende mejor la posición de Sorogain dentro de un territorio histórico mucho mayor: el Quinto Real, Kintoa o Pays Quint.
Durante siglos, los valles de Erroibar/Valle de Erro, Baztán y Baigorri mantuvieron derechos e intereses —y también conflictos— sobre estos montes, donde bosques y pastos eran recursos fundamentales.
El Tratado de Límites de 1856 definió la frontera internacional actual y esa línea se materializó sobre el terreno mediante mugas o mojones numerados. Pero una frontera política no borró las relaciones anteriores. Los aprovechamientos ganaderos compartidos y los acuerdos entre Erroibar/Valle de Erro y Urepel recuerdan que, antes de estar dividido entre Estados, este era un territorio unido por caminos, pastos y formas de vida comunes.
En torno a los 1.000 metros de altitud, Pilotasoro no es un monumento aislado. Aquí se conserva un dolmen identificado por José Miguel de Barandiaran en 1948 y, a apenas unos metros, un crómlech; en el entorno próximo aparecen también otros túmulos.
El dolmen no consta excavado, por lo que no sabemos con precisión cuándo se construyó, quiénes fueron enterrados aquí o qué objetos pudieron acompañarlos. Lo que sí resulta significativo es el lugar elegido: los monumentos se concentran en los pastos altos, próximos a collados y pasos naturales.
Hace miles de años, este paisaje de montaña ya era recorrido, utilizado y dotado de significado por las comunidades que vivían en el Pirineo. Buena parte de la arqueología actual interpreta que, además de monumentos funerarios, algunos megalitos pudieron cumplir funciones de demarcación territorial y de cohesión comunitaria. Es importante desterrar el tópico que los relaciona con sociedades cazadoras-recolectoras: son posteriores y corresponden a comunidades asentadas de carácter agroganadero, que tenían motivos para marcar y organizar su territorio.
No son lo mismo. El dolmen es una construcción funeraria formada por grandes losas y cubierta originalmente por un túmulo. Es el megalito más antiguo, junto con el menhir o monolito, y corresponde a culturas pastoriles del Neolítico tardío-Calcolítico (3000-2200 a. C.). Los cadáveres se inhumaban en su interior. El crómlech es un círculo de piedras asociado en el Pirineo a prácticas funerarias posteriores, hacia el 900 a. C. Los cadáveres se incineraban previamente y las cenizas se enterraban en cistas (pequeñas cajas de piedra, equivalentes a nuestras urnas). El túmulo es una acumulación artificial de tierra y piedras que puede contener o señalar una estructura funeraria. Su presencia conjunta revela una larga utilización simbólica de estos altos y la reutilización de determinados lugares a través de culturas diferentes, mediante códigos simbólicos propios.
En el collado de Beraskoain vuelven a aparecer monumentos megalíticos: se documentan varios elementos, entre ellos dólmenes y un crómlech, distribuidos en torno al paso. Pero aquí hay otra clave para interpretar Sorogain: el camino.
Este corredor comunica Sorogain con Urepel y, a lo largo del tiempo, ha sido utilizado por quienes pastoreaban, trabajaban en el monte o vivían a ambos lados de la frontera y, en épocas más recientes, por quienes se dedicaban al contrabando o por personas fugadas.
No sabemos si quienes levantaron los megalitos siguieron exactamente el mismo sendero que recorremos hoy, pero su posición junto a zonas naturales de paso refleja una constante: el relieve condiciona por dónde se mueve la gente. Las piedras cambian de significado; los caminos permanecen.
Planifica tu visita a la exposición y descubre la historia, el paisaje y la memoria de Sorogain.
